Paseo por Londres. La aristocracia y los proletarios ingleses

15,00

Sin impuestos: 14,42

Autor/es
Tristán, Flora
ISBN13
9788496879270
ISBN10
8496879275
Tipo
LIBRO
Páginas
333
Año de Edición
2008
Idioma
castellano
Encuadernación
Rústica
Editorial:
GLOBAL RHYTHM PRESS
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[Flora Tristán] concibe un proyecto osado [...]: escribir un libro sobre el Londres de la pobreza y la explotación, la cara oculta de la [...] primera nación industrial moderna. Viaja a la capital británica, donde permanece cuatro meses visitando todos los lugares que los turistas no ven jamás y a algunos de los cuales sólo pudo entrar disfrazándose de hombre: talleres y prostíbulos, barrios marginales, fábricas y manicomios, cárceles [...]. También, como buscando el contraste, asoma la nariz por el parlamento británico, las carreras hípicas de Ascot y uno de los clubes más aristocráticos. El libro resultante, Promenades dans Londres, es una diatriba feroz y despiadada -a veces excesiva- contra el sistema capitalista y la burguesía a quienes Flora hace responsables de la espantosa miseria, la explotación inicua del obrero y el niño, y de la condición de la mujer, obligada a prostituirse para sobrevivir o a trabajar por salarios misérrimos comparados con los ya modestísimos que ganan los hombres. El libro, dedicado «a las clases obreras», a diferencia de lo ocurrido con sus memorias del viaje al Perú, fue acogido en Francia con un silencio sepulcral en la prensa bien pensante [...]. No es de extrañar: Flora comenzaba a meterse en honduras y a enfrentarse esta vez a descomunales enemigos. (Tomado de la introducción a Paseos por Londres.)


DEDICATORIA A LAS CLASES OBRERAS


Trabajadores: a vosotros, todos y todas, dedico mi libro. Lo he escrito para instruiros sobre vuestra situación; por tanto, os pertenece.
La horrible opresión que la aristocracia inglesa ejerce sobre los pueblos de las Islas Británicas, sobre los campesinos y los obreros, que crean toda la riqueza, constituye una gran lección que los trabajadores de toda la Tierra deben tener siempre presente en su pensamiento. ¿Sabéis cómo un puñado de aristócratas, lores, baroncillos, obispos, terratenientes y ventajistas de toda laya, sabéis, digo, cómo ese puñado de privilegiados puede oprimir, torturar y mantener hambrienta una nación de veintiséis millones de hombres, conducirlos a golpe de látigo y matraca, hacinarlos en prisiones (workhouses), desterrarlos entre los salvajes y, en fin, negarles hasta el vestido y el pan? ¿Sabéis cuál es la fuente de todas esas calamidades? Pues bien, precisamente que esos veintiséis millones de seres humanos son educados, como si de esclavos se tratase, en la ignorancia y el temor. Y es que la escuela, la Iglesia y la prensa son cómplices de los opresores. Si al pueblo inglés se le hubiese educado en los principios de la libertad y la igualdad, habría aprendido a considerar no sólo que la resistencia a la opresión es un derecho natural del hombre, sino también que cuando el pueblo está oprimido, la insurrección pasa a ser un deber sagrado. ¿Creéis que soportaría entonces que unos lores, legisladores por derecho de nacimiento, y que unos latifundistas feudales hiciesen para él unas leyes de hambre con objeto de venderle el grano más caro? No, ciertamente, porque entonces el pueblo inglés conservaría un resto de dignidad y la suficiente grandeza de alma como para no resignarse a esperar así, sumido en la abyección, en la muerte lenta y convulsa del hambre.


En 1831, cuando el paro y la miseria golpearon a los obreros de Lyon, éstos, llenos de fuerza y energía, prefirieron morir luchando por sus derechos a permanecer impasibles viendo cómo eran diezmados, cómo perecían cada día, ellos y sus familias, en la horrible agonía del hambre. Alzaron con mano firme una bandera negra, en la que escribieron estas memorables palabras: ¡Vivir trabajando o morir combatiendo!... Ojalá los obreros de Inglaterra imitasen la sublime resolución de sus hermanos de Lyon, pero, ¡ay!, hace muchos años que el obrero inglés ayuna... El hambre, esa furia implacable, ha agotado sus fuerzas, y hoy el pueblo desdichado, extenuado y agotado cae de bruces y muere. Sí, muere sin proferir una sola queja; no le quedan fuerzas... ¡Pero la muerte debe caer sobre quienes lo asesinan de manera tan cobarde!

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