Conversación con Juan Carlos Monedero

15,90

Sin impuestos: 15,29

Autor/es
Lobo, Ramón
ISBN13
9788495157799
ISBN10
8495157799
Tipo
LIBRO
Páginas
256
Colección
Libros Urgentes #9
Año de Edición
2015
Idioma
castellano
Encuadernación
Rústica con solapas
Editorial:
EDICIONES TURPIAL, S.A
Disponibilidad:
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No puntuado
Opinar
Existe un Juan Carlos Monedero público y otro privado. El primero arrastra unos cuantos odios, algunas tempestades y un sinfín de estereotipos. Algunos se los ha ganado a pulso, quizá por ser el más apasionado en la denuncia de la casta, algo que desquicia a los aludidos, o porque sus enemigos le consideran el cerebro político de Podemos, la pieza a abatir. Monedero se ha convertido desde hace unos meses en la diana favorita. Esa fijación protege, de momento, a los demás líderes de Podemos, pero a él lo tiene martirizado. No voy a caer en la vanidad de afirmar que he logrado acercarme al Monedero privado, descubrir sus secretos, pero sí decir que tras diez horas de conversación creo que he reunido un material que ayuda a saber más de la persona que se esconde detrás del personaje, de sus fortalezas y sus fragilidades, que de todo hay.

En este libro ?entrevista larga, más bien? Monedero arremete contra casi todo, incluidos los medios de comunicación. Habrá polémica, seguro. Solo existe un grupo que soportamos peor las críticas que Podemos: los periodistas. Creo que el texto está repleto de titulares sabrosos y de alguna noticia que otra; por ejemplo, la estrategia negociadora las elecciones. Uno de mis tuits (ajenos) favoritos dice: ?Soy responsable de lo que escribo, no de lo que lees?. El periodista pregunta y el entrevistado responde. Esas son las reglas de oro y las he respetado. Cada uno es responsable de su parte, también el lector.

Ramón Lobo (Lagunillas, Venezuela 1955)

Comencé, poco antes de la muerte de Franco, como colaborador en la agencia Pyresa, donde aprendí que quería ser periodista. Este año cumplo cuarenta años en el oficio. Estuve en Radio Intercontinental de guionista de un programa basura. Radio 80 fue mi primer trabajo serio: tenía mesa, horario sin límite, sueldo exiguo e intermitente, y nada de contrato. Viví dos años en EEUU y a la vuelta, en 1986, trabajé consecutivamente en Expansión, Cinco Días y La Gaceta de los Negocios, tres periódicos económicos de los que salí sin saber economía. En El Sol me hicieron redactor jefe de Internacional y creo que ayudé bastante a hundir el proyecto. En agosto de 1992 me contrató El País. Durante veinte años he sido enviado especial a numerosos conflictos en África, Oriente Próximo y Asia, eso que los exagerados llaman corresponsal de guerra. En noviembre de 2012 me despidieron junto a otros 127 compañeros. No puedo reprochar nada a El País; en ese periódico me hice lo que soy. Ahora pertenezco a la clase social de los emprendedores. Colaboro cada domingo en A vivir que son dos días, de la cadena SER, con Javier del Pino. También escribo en El Periódico de Catalunya, en infoLibre y en eldiario.es. Soy un tipo con suerte.

He publicado varios libros: El héroe inexistente (Aguilar, 1999; Debolsillo, 2002, esta vez sin erratas), que recoge las experiencias de los viajes y cómo la visión de la guerra modifica al corresponsal; Isla África (Seix Barral, 2001), una novela situada en Barcelona y Sierra Leona en la que reflexiono sobre el valor de la vida y la amistad; Cuadernos de Kabul (RBA, 2010), que reúne los posts (pulidos y mejorados) que publiqué en la web de El País entre agosto y noviembre de 2009, y El autoestopista de Grozni y otras historias de fútbol (Libros del KO, 2012).

Desde que salí de El País he descubierto el género de la entrevista, que me gusta en su versión de conversación sin demasiado guion. He publicado unas cuantas en Jot Down y en eldiario.es. Tengo amigos que dicen que son demasiado largas. Esta con Juan Carlos Monedero bate todos los récords: por eso nace como libro.

Juan Carlos Monedero

Nací en el madrileño barrio de Argüelles y en casa estaban los ocho tomos de la Enciclopedia Espasa para compensar que a mis padres no les dejó estudiar la dictadura. Leía a menudo caminando por la noche a la luz de las farolas del paseo de Rosales y así salía del ruido de un piso pequeño donde nos insurreccionábamos los seis hermanos. Monjas y curas, que me sembraron la desobediencia por su intolerancia, dejaron paso al Instituto San Isidro, donde me enseñaron historia mientras hacía el bachiller nocturno y trabajaba por las mañanas. Pasé tres años por la Facultad de Económicas, pero solo encontré mi rumbo cuando hice Políticas y Sociología. Una beca me llevó a Heidelberg, donde estuve casi cuatro años preparando una tesis doctoral que empezó con Weber y Gramsci y terminó interrogando al fracaso del socialismo en la República Democrática alemana. Aprendí allí la importancia de las palabras: que si a alguien le dices mal, lo maldices, y que los nazis ya habían asesinado a los judíos cuando empezaron a llamarles Unmenschen. Aprendí también que el Estado es la máquina más perfecta de producir obediencia y que en el mejor de los casos hay que vigilarlo muy de cerca.
Escribí El cansancio del Leviatán (Trotta, 2003) y Disfraces del Leviatán (Akal, 2009) para entender que el neoliberalismo había hecho del Estado su principal aliado. Para rebajar incertidumbre ante la perplejidad de la época escribí El gobierno de las palabras. Política para tiempos de confusión (FCE, 2009) y después, con la experiencia luminosa del 15M, Curso urgente de política para gente decente (Seix Barral, 2013), publicado también en Colombia, México e Italia, y La Transición contada a nuestros padres (Catarata, 2013).
Después de Alemania (con seis meses añadidos en Berlín), la experiencia en América Latina me ayudó a entender España. Somos también ese continente, sus cien años de soledad también son nuestros y el realismo mágico es en nuestras tierras, igual que allí, literatura costumbrista.
Porque no hay nada más absurdo que un panadero que cociera pan solo para otros panaderos, decidí aplicar la lectura de época a la política y fundé con otros compañeros y compañeras Podemos. Nunca he conocido tanta gente tóxica por metro cuadrado como la que convoca la política (con la inestimable ayuda de las empresas de medios de comunicación), pero tampoco hay nada tan luminoso como la posibilidad de rebajar algún grado el dolor del mundo aunando esfuerzos con los otros. Y una meta: que nadie te robe el alma.
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